sábanas
Anhelo el momento de recuperar mis sábanas, de cubrirme con ellas, y olerlas, de apoyarme sobre una almohada que, poco a poco, se ira impregnando en mi olor de la misma manera que poco a poco lo fue perdiendo.
Sueño con esa cama cada vez que me meto en la que en estos momentos habito y no puedo evitar sentirme como quien enamorado de otra persona, sigue durmiendo al lado de su pareja. Luego pienso que lo nuestro es más bien un reencuentro, un volver a acariciarnos después de un tiempo que era necesario para que nos volviéramos a unir.
Siento la cercanía y anhelo más aún si cabe ese placer del que espero seguir disfrutando toda la vida; la sensación de notar una caricia en la piel cuando te arropas, el olor suave del suavizante mezclado con el del olor propio, en lucha y en perfecta armonía al mismo tiempo; despertarse con el sol en la cara una mañana de invierno, dormirse con el ruido de la lluvia, una siesta con la tierra mojada de fondo, la protección de unas sabanas conocidas.
Sentir. Ser.
El placer vive en el reino de los sentidos, y este es uno (placer) que a mí me toca los cinco (sentidos).
mandarina
Este verano, no ha habido playa, ni piel mojándose en el mar y secándose al sol, en la arena, ni piel salada.
Pienso entonces en el olor a mandarina, y en lo que me gusta (o le gusta al menos a un par de mis sentidos, a veces a más) el olor y la textura de esa crema.
Me gusta deslizar los dedos sobre la superficie blanca, ligeramente anaranjada, que se encuentra tras la tapa y apretar suavemente para coger un poco de su contenido.
Me gusta extenderlo después en la piel, notar como las manos se deslizan cada vez más fácilmente y como la crema se va absorviendo al mismo tiempo que la piel empieza a brillar. Me gusta después acercarme a olerla. Y cerrar los ojos; y volver a oler.
