Hace unos días tuve la suerte de toparme con una de esas sorpresas con las que Manhattan tiende a premiar a aquellos paseantes con tendencia a perderse (vicio, tal vez).
La joya no es otra que la calle 46, a la altura (entre) la octava y la novena. No dejeis de ir, ni al segundo descubrimiento de la noche: un lugar peculiar que destila buen rollo y en el que se puede escuchar música en vivo.
Para mí, la experiencia fue todo un placer que espero repetir… en no mucho tiempo.
